¿Alguna vez has tenido la suerte de saborear recuerdos?  Y con saborear me refiero a esa capacidad maravillosa que tiene nuestra cabeza de amenizarnos la rutina, de conectarnos con las imágenes más privilegiadas que nos hemos encargado de seleccionar inconscientemente en la galería de nuestra memoria. En mi caso, esto solo me sucede en contadas ocasiones y suele coincidir que dichos recuerdos cobran vida a partir de experiencias que han dejado huella.

Pavillon d l´Arsenal Paris. @furleq (Helena Furquim)

Cuando la universidad nos plantea asistir a un “Workshop” en la capital francesa, creo que ninguno de los asistentes teníamos del todo claro como sería vivir esa experiencia. No se trataba de un simple “viaje turístico”, en el que sencillamente te dejas sorprender por una ciudad desconocida e intentas empaparte de su cultura, ni tampoco era un “viaje de estudios” al uso, donde los alumnos están “limitados” por las actividades previamente meditadas por un grupo de profesores que se aseguran de cumplirlas a raja tabla.

Quizás el problema sea la palabra “estudios”, que nos remite inconscientemente a horas atendiendo, información que digerir, formalidad, educación… La mente de un universitario tiende a focalizarse en “estudios” antes que en “viaje”, y si a esto le sumas la combinación de palabras “profesores como acompañantes” muchos voluntarios dan un paso atrás.  

Supuse que sería una mezcla de todos estos factores, pero ¡qué equivocada estaba!

Ser estudiante lleva implícito una forma distinta de conocer, unas ganas especiales de probarse a uno mismo, de comerse el mundo a cucharadas sin pensar, sin pausa, viendo venir la ola y estando dispuesto a atravesarla, saltarla, bucearla o incluso a cogerla. En resumen, con ansias de aprender  y, de vivir lo que nos toca.

Pero, si además eres un futuro arquitecto, te encuentras cargado de una inagotable energía, que ni siquiera tu sabes de dónde viene, aquella que te proporciona visitar a cualquier hora, en cualquier momento, con lluvia, viento, granizo o incluso viendo esconderse al sol.

Ile-de-France, Paris. @furleq (Helena Furquim)

El 10 de marzo de este 2019 nos despedimos de Madrid para dirigirnos a lo que sería nuestro nuevo hogar durante los próximos 7 días.  Nos estábamos adentrando en una oportunidad sin precedentes, de andar por las calles de París, pero no por cualquier calle, de visitar conociendo, abriendo los ojos, capturando cada detalle, disfrutando de cada situación que la ciudad nos regalase, y patear todos y cada uno de los rincones que señalaban nuestros dedos en aquellos gigantescos mapas plegables.  Y así lo hicimos, fuimos capaces de disfrutar la magia embebida en aquella torre o esa otra esquina y del urbanismo sobre el que trazamos nuestro recorrido, de pasear y visitar París como un museo con guía incluida.

Belleville se convirtió en nuestro barrio, entre las bohemias calles de Montmartre descubrimos  nuestra pasión por la fondue de queso y los biberons. El puente de Saint Michel nos condujo a la increíble experiencia de adentrarnos en Notre Dame y enamorarnos de la Saint-Chapelle, pudimos sentirnos como Matthew, Isabelle y Theo recorriendo el Louvre de arriba a abajo hasta la hora de su cierre, vimos la Torre Eiffel desde perspectivas recónditas, acabamos en una casa de pintores callejeros en pleno Rivoli o hasta nos situamos en la otra punta de Paris al encuentro de músicos alternativos de todo tipo.

59 Rivoli, Paris. @furleq (Helena Furquim)

Gracias a nuestros profesores aprendimos a tener una visión amplia de una ciudad, como si de una obra de arte se tratase, a comprender la sutileza con la que estaba pensada cada pincelada, cada trazo construido, incluso el marco que indicaban los límites del lugar.  Supimos apreciar la belleza de los espacios cuando funcionan como costuras, cuando cosen territorios, conectan personas y generan encuentros.

Todo esto no vino como plato único, digamos que fue un viaje completo, compuesto por un primero, segundo, postre y café, todo incluido. Estuvimos horas y horas en la escuela de arquitectura de La Villette, a 50 minutos del centro de la ciudad en transporte público, encerrados durante la semana para llevar a cabo una serie de proyectos. Creando continuamente, argumentando, pensando, y poniendo en común ideas que colaboraron en la reconstrucción del campanario caído de una preciosa iglesia que había sufrido diversas reformas y ampliaciones.

École dÁrchitecture  de La Villette, Paris. @furleq (Helena Furquim)

Fue increíble conocer otras metodologías de trabajo, enriquecernos por un equipo totalmente internacional; así como convivir con ellos y sentirnos acogidos por una familia en la que ya no éramos forasteros.

Estos son los sabores de los que hablaba al principio, los recuerdos que nos ha regalado una experiencia como la de vivir una semana de “Workshop” en la capital francesa, la sensación de escuchar esa canción, Tout oublier,  y trasladarme a un aula de La Villette rodeada de ordenadores, de infinitos rollos de papel impregnados de ideas, de grupos de compañeros ,que días antes eran completos desconocidos, unidos por sacar adelante un proyecto común, torres de cafés apilados con olor a conversaciones inolvidables. Recuerdos que, al perderme por las calles empapadas de Madrid en una noche cualquiera mientras la humedad sube por las plantas de mis pies, hacen que me traslade a esa noche en Paris, donde por suerte nos perdimos y conocimos un Pompidou desértico, solo para nosotros, iluminado únicamente por el “flash” de nuestros móviles…

París no fue un viaje con amigos, qué va.

No fue un destino de vacaciones de verano.

Fue muchísimo más que eso, fue un viaje de estudios de la universidad.

Inés Moreno y Blanca Borrel son alumnas de la Escuela de Arquitectura de la UFV

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *