El arte de saber contar, el arte de saber crear

Hace unos días tuvimos el viaje iniciático de curso. Este año se llamó “Costa Ibérica” y tuvo como destinos Alicante y Benidorm. Nuestro objetivo: hacer comunidad viendo y aprendiendo del urbanismo y la arquitectura que visitábamos. Y, he de decir, que vimos muchas cosas y muy distintas: el Centro de Tecnificación Deportiva de Alicante, de Enric Miralles y Carmen Pinós; el paseo marítimo de Benidorm, de Ferrater y Martí Gali; el ayuntamiento de esta misma ciudad, de Pérez Soriano; el edificio del Rectorado de la Universidad de Alicante de Álvaro Siza; y varios edificios de Javier García-Solera, entre otros. Un lujo de programa, completo y muy bien pensado para abordar las diferentes escalas de intervención de un arquitecto: desde el paisaje y la ciudad, a la arquitectura y sus detalles constructivos. Concebido para que los alumnos aprendieran a “mirar” con los ojos de aquellos que algún día deberán tomar sus propias decisiones.

Aulario de la Universidad de Alicante. Javier García-Solera. Fotografía de Adriana Villar.

Pero si hubo algo del viaje que me impactó de manera particular -y creo que puedo afirmar nos pasó a más de uno- fue la persona y la obra de Javier García-Solera. Sus edificios en la Universidad de Alicante fueron los primeros que visitamos y tuvimos la suerte de contar con sus explicaciones para poder comprenderlos. Si tuviera que decir muy brevemente qué destacaría de su forma de entender la arquitectura diría que pone en el centro de su hacer a la persona. Valor fundamental de un arquitecto a la hora de concebir su obra.

Esta afirmación la entendí rápidamente, sin embargo, no pude dejar de pensar que su riqueza radicaba en “algo más” que no era capaz de definir. Y, a base de dar vueltas a todas las sensaciones experimentadas en el rato que nos regaló estando con nosotros, acabé por descubrir que hubo algo realmente excepcional de todo lo que pudimos disfrutar de él: “el arte de saber contar”. Algo íntimamente relacionado con él mismo, con su forma de plasmar su arquitectura, con su forma de crear.

En los distintos patios y pasillos del Aulario de la Universidad de Alicante, bajo una luz modulada y las vistas de unos chopos pre-otoñales, García-Solera nos introdujo, con su relato, en un edificio tremendamente discreto que acabó por convertirse en una arquitectura llena de poesía. El Aulario, situado en un extremo del Campus, muy próximo a una carretera enormemente transitada donde se encuentra el acceso a la Universidad, se repliega mesuradamente en busca de  su propia identidad. Identidad que logra desarrollar y dotar de sentido simplemente con la adecuación al programa que se le pidió al autor en su momento y a las necesidades del hombre que lo ocupa.  Es decir, tal y como el propio García-Solera señalaba que un arquitecto debía trabajar: “…dejando que la obra susurrase al oído atento del arquitecto cómo quería ser hecha”.

Aulario de la Universidad de Alicante. Javier García-Solera. Fotografía de Adriana Villar.

Y esto es lo que supo contarnos con un relato cadencioso, suave y completo. Lo inició poniendo el foco de atención en un pequeño edificio lleno de belleza y delicadeza, pero eclipsado por la gran cantidad de arquitectura contemporánea del campus: la antigua torre de control -hoy Edificio de los Servicios de Investigación- muestra de la arquitectura racionalista de los años treinta cuya presencia condicionó, en buena parte, el desarrollo de la moderna universidad. Un edificio que García-Solera tuvo la sensibilidad de entender como pieza de valor y defender frente a unos proyectos originales que preveían su derribo.

Torre de control del Campus de la Universidad de Alicante. Actual Edificio de los Servicios de Investigación. M. Cruz Galindo

Su relato continuó lleno de referencias a antiguos profesores y referentes críticos como Antonio Miranda, o a literatos como Paul Valery (“El arquitecto es el único que sabe lo que deseas con un poco más de exactitud que tú”). Él mismo nos regaló su propia poesía con la que nos hizo entender el valor de una “puerta entornada”. Lo hizo con el relato de los recuerdos de su niñez, la rememoración de las noches en que su abuela -después de sentarse a los pies de la cama, contarle un cuento, y arroparle- dejaba la puerta entornada; como él mismo hace ahora con sus nietos… Y con esta pincelada que nada tiene que envidiar a los buenos relatos, todos entendimos que la potencia arquitectónica de una puerta entreabierta es la protección que brinda al que está dentro a la vez de la potente relación que le comunica con el exterior.

Aulario de la Universidad de Alicante. Javier García-Solera. Fotografía de Adriana Villar.

Comprendimos el valor y la fuerza de la naturaleza en el edificio, la función del árbol como referente de descanso y de humanización de la arquitectura; y nos hizo tomar conciencia de cómo la naturaleza entrelaza sus ritmos vitales con el paso del tiempo de la arquitectura, la cual, en su proceso de envejecimiento, adquiere su propia belleza.

Aulario de la Universidad de Alicante. Javier García-Solera. Fotografía de Adriana Villar.

Entender el aulario con el relato personal de García-Solera fue poesía… La visita al día siguiente de las viviendas tuteladas en Benidorm estuvo llena de un encanto del que ya nos había impregnado. Rodeadas por los rascacielos de la ciudad, nuevamente nos encontramos con la belleza de una arquitectura con relato, de la arquitectura de la luz tamizada de las celosías, de los materiales llenos de calidez, de la escala poética del hombre.

Su arquitectura no es sino reflejo de él mismo; de un proceso personal de entender el arte de crear, de entender a la persona y, sobre todo, de saber “relatarlo”. Un proceso que, con total seguridad, ha ido mucho más allá de los aspectos más específicos de la arquitectura: el de la curiosidad y el deseo de aprender “más allá” de su propia disciplina. Sólo así es posible proyectarse y alimentarse de lo que, a simple vista, excede el propio ámbito profesional. Como él mismo resumió magníficamente haciendo referencia a Antonio Miranda: “El arquitecto que sólo sabe de arquitectura es una porquería”.

Javier García Solera. Fotografía: Miguel Ángel Montero

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4 Comments

  1. Antonia Reply

    Gracias Cruz por compartir y poner por escrito una experiencia tan enriquecedora que merece ser conservada en la memoria.

  2. M. Cruz Galindo Reply

    ¡GRACIAS a ti, Antonia, por el estupendo viaje que nos organizaste! Un viaje lleno de encanto, con cosas muy muy interesantes y unos profesores de los que aprendí mucho.

  3. Felipe Samarán Saló Reply

    Que bueno es ver la realidad con miradas poliédricas compartidas.
    Parece como que lo vivido tiene más recorrido cuando se comparte que cuando uno lo vive solo.
    Gracias por tu mirada.

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