LA ARQUITECTURA, ¿MARCA PERSONAL?

 

Libre para ser quien quieras. Escribe tu historia”. Ésta es la filosofía que acompaña a una marca de bolígrafos y rotuladores. Los tiempos no han cambiado: la estética de nuestros objetos personales y cotidianos puede decir mucho de nosotros y contribuir a crear o confirmar nuestra propia imagen. A lo largo de la Historia esto ha sido así siempre; baste con pensar en el término “decoro” bajo su acepción de “conveniencia”; o a la preocupación de los arquitectos de principios del siglo XX por encontrar un “estilo” nuevo reflejo de la vertiginosa modernización de aquella sociedad.

En la villa de Comillas -pequeño Conjunto Histórico-Artístico del Norte de España- el Capricho de Gaudí, el Palacio de Sobrellano, la Puerta de los Pájaros, el cementerio modernista o la Universidad Pontificia son el reflejo de una arquitectura historicista y modernista al servicio de unas historias por inventar, escribir o reescribir.

Puerta de los Pájaros. Gaudí. Casa del Moro. Comillas

Si centramos nuestra atención en el Palacio de Sobrellano y en el Capricho veremos que, a pesar de las coincidencias que en época y procedencia de sus autores y propietarios podamos encontrar, el estilo y concepción de estos edificios no tienen mucho que ver. Dos palacetes que se encuentran en fincas colindantes, en un parecido contexto social, cuyos dueños compartían lazos familiares pero que son completamente distintos en su composición arquitectónica e intencionalidad. Tan radical diferencia hace que no podamos por menos que plantearnos cuáles fueron las circunstancias de sus dueños para que el resultado fuera tan dispar.

“El Capricho”. Gaudí     

Palacio de Sobrellano. Juan Martorell. Comillas

Si nos remitimos al momento histórico en que fueron concebidos y construidos -1883-85 el Capricho y 1882-1888 el Palacio de Sobrellano- encontraremos un siglo políticamente convulso que culminó en un corto y relativo periodo de paz acompañado de una prosperidad económica y social desencadenada por el desarrollo del ferrocarril, la industria textil de grandes firmas y pequeño comercio en Cataluña, y la aparición de importantes instituciones bancarias y financieras. Una nobleza y burguesía de negocios que legitimaban a las Cortes y apuntalaban a una recién restaurada monarquía llegaron de la mano de este auge económico. Artísticamente, una “cultura oficial” -potenciada y promovida por dichas élites- recogió estas novedades en un arte totalmente ecléctico.

Es en este contexto donde debemos situar al primer Marqués de Comillas -Antonio López López- y a D. Máximo Díaz de Quijano, propietarios y comitentes del Palacio de Sobrellano y del “Capricho” respectivamente. Ambos tuvieron muchos puntos en común: nacidos en Cantabria, de origen humilde y enriquecidos en América, regresaron con un importante capital a España instalándose en una de las ciudades más cosmopolitas del momento: la Barcelona industrial de finales de siglo; eran “concuñados” y buscaron, en la villa de Comillas, el lugar para construirse sendas viviendas de descanso en dos parcelas colindantes. Sin embargo, las diferencias que marcaron a ambos son las que quedaron convenientemente reflejadas en los estilos y en los arquitectos elegidos por cada uno para llevar a cabo sus residencias.

Significativo es que D. Antonio López López eligiera Barcelona para vivir a su vuelta de América. Lugar donde podía empezar de “cero”, sin vínculos que le relacionasen con sus orígenes de hijo de una humilde pescadera de Comillas. Compró el Palacio de Moja -de estilo neoclásico- que le permitió consolidar su imagen de hombre rico de negocios vinculado a la Monarquía Alfonsina, a la que debió su título de Marqués y su nombramiento de Senador. Y, curiosamente, nada más recibir el primero de los dos títulos decidió “volver” a Comillas y construirse su residencia de veraneo. Para ello eligió un estilo que distaba mucho de tener cualquier tipo de vinculación con la arquitectura vernácula de la villa. Como señala Ramón Rodríguez Llera,[1] “importó” un estilo cosmopolita y a su autor, el catalán Juan Martorell, arquitecto moderno, causante de la evolución vanguardista de la arquitectura catalana y maestro de Gaudí.

Para un palacio, signo visible de un hombre enriquecido, ennoblecido y llamado a convertirse en el mecenas de Comillas, se eligió el estilo Neogótico palacial inglés con influencias de los palacios venecianos y en donde se daban cita un parque de frondosos senderos, cascadas y lagos según la moda de paisaje pintoresquista inglés de la época. Un estilo innovador -predominante en Europa a mediados del XIX y defendido por renovadores de la arquitectura como Viollet le Duc– pero también sofisticado y tradicional. Todo ello evidenciaba un deseo de transcendencia del Marqués que estuvo presente también en otras actuaciones como la invitación personal a la familia real a veranear en Comillas (lo que supuso que se implantara allí, por primera vez en España, la luz eléctrica viaria) o la posterior construcción, bajo su mecenazgo, de la Universidad de Comillas.

Vestíbulo de entrada y chimenea sala de estar. Palacio del Marqués de Sobrellano. Juan Martorell

Grandes son las diferencias con D. Máximo Díaz de Quijano, soltero que disfrutó de grandes placeres intelectuales y propietario del “Capricho”. Enrique Campuzano y Luis Castillo[2] lo describen como un jurisconsulto carlista, concejal de ayuntamiento, hombre ilustrado amante de buenos libros, de la buena cocina, de los adornos exóticos y, sobre todo, de la música. Amigo del compositor de zarzuela José Mª Pereda, él mismo compuso piezas para tonadilleras y cupletistas e hizo alguna obra teatral de carácter costumbrista sin mucho éxito. D. Máximo se aproxima mucho más a un rico burgués ilustrado que a un ennoblecido indiano como D. Antonio. Por eso no extraña que, a pesar de su carácter conservador (carlista), eligiera a un recién titulado Gaudí -cuyo primer trabajo tras acabar la carrera fue la realización del mobiliario para la capilla del Palacio de Sobrellanocomo arquitecto para su villa de descanso.

Bancos y reclinatorio. Confesionario. Gaudí.  Capilla Palacio del Marqués de Sobrellano.

Las referencias cosmopolitas y nacionales convergieron en el edificio en una combinación de detalles creados por un genio y alentados por un mecenas que amaba el arte. “El Capricho” se concibió para disfrutar y descansar. El sol fue el gran referente que marcó los espacios y actividades según la hora del día: el dormitorio principal al este; el invernadero -para las plantas que le traían de ultramar-, al sur; el salón y la sala de música al norte, el cenador al poniente… El sol gira alrededor del edificio y está permanentemente visible en él a través de los girasoles de la cerámica vidriada que inunda las paredes exteriores dispuesta en franjas repetitivas a la manera de la decoración islámica, al igual que las franjas de ladrillo con las que se combina o la torre-minarete.

Torre-minarete y cenador orientado a poniente. El Capricho. Gaudí

Pero también se encuentran las más modernas reivindicaciones artísticas defendidas por Morris en las sonoras ventanas de guillotina que tintinean al subirlas y bajarlas -guiño al gusto por la música de su dueño-, las dobles ventanas de la zona norte o las persianas horizontales y a medida de cada habitación que recuerdan el más puro Arts&Crafts.

Ventana de guillotina y banco-barandilla. Gaudí. El Capricho.

El frondoso jardín, su gruta artificial y pequeño puente recuerdan la vivienda inglesa campestre o “cottage”. Un edificio ecléctico donde se dan cita referencias cosmopolitas e historicismos españoles que revelan el carácter e intención de su propietario: una casa de soltero para retirarse a descansar, disfrutar de los amigos y de su gran pasión: la música, presente en adornos y estructuras de todo el edificio, desde las barandillas a los tiradores con formas de notas musicales. Un edificio al más puro estilo modernista de Gaudí que reflejó el espíritu ilustrado de un dueño que no pudo disfrutarla.

Puente del jardín. El Capricho. Gaudí

En cualquier periodo anterior al siglo XIX hubiera resultado inimaginable que dos edificios tan diferentes hubieran podido realizarse casi simultáneamente y adecuándose tan exactamente al espíritu de cada uno de sus dueños. El cansancio formal manifestado por el arte del siglo XIX -preludio de las vanguardias- explica que este siglo quede artísticamente marcado por la convivencia de estilos dispares y complementarios como los Historicismos, el Modernismo, las reivindicaciones artesanales de Morris y el cada vez mayor protagonismo de los materiales industriales en arquitectura. Exactamente igual que hacemos hoy, la historia de dos personas – la de una enriquecido y advenedizo noble y la de un intelectual- se escribió a través de su imagen. Arquitectos y mecenas se sintieron libres para ser quienes quisieron ser escribiendo su historia a través de una arquitectura que cuidaba la imagen y posición con la que querían ser reconocidos socialmente.

[1] RODRÍGUEZ LLERA, Ramón, Comillas, paisaje cultural, http://revistas.uned.es/index.php/ETFVII/article/view/1498/1380

[2] CAMPUZANO, Enrique y CASTILLO, Luis, https://www.raco.cat/index.php/ButlletiRACBASJ/article/view/219090/330575

2 Comments

  1. Espinosa Reply

    Interesantísimo artículo de Cruz Galindo. Enhorabuena!!
    Refrescante artículo con citas como la de Ramón Llera que describe la historia con tanta pasión y vista de gran angular cultural.
    Un saludo y esparamos la siguiente ruta.

  2. Antonia Reply

    ¡Qué buena arquitectura la barandilla-banco de Gaudí! . Un arquitecto lejano en lugar y formas, Dimitris Pikionis, retoma este genial gesto en una de sus casas.
    Siempre se aprende de la buena arquitectura…

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