PROYECTAR DE OÍDAS

Le Corbusier contemplando la Acrópolis. Atenas, Septiembre 1911.

Lo cuenta Paul Auster en Mr. Vértigo, una novela delirante en la que el maestro Yehudi se hace cargo (es un decir) del pequeño Walt con la promesa de enseñarle a volar. Durante años, Walt es sometido a todo tipo de pruebas físicas y mentales con un objetivo: aprender a volar. Leyendo la novela nos resultan dudosos los métodos didácticos de Yehudi, pero no se puede dudar ni un momento del compromiso de Walter. Sigue al pie de la letra los ejercicios más absurdos, los mandatos más abusivos, las iniciativas más disparatadas solo para conseguir educar la mente, superar las resistencias del cuerpo y, finalmente, vencer la gravedad. También es sorprendente la relación misteriosa que se establece entre la naturaleza de los ejercicios (correr, saltar, hacer silencio, ayunar, observar…) y lo inabarcable del objetivo final. Según avanza la novela nos parece natural que se pueda aprender a volar si se van dando unos pasos concretos, por numerosos y difíciles que parezcan. No os destripo el final, pero os anuncio que a los tres años de trabajar con el maestro, el alumno será ya capaz de andar sobre las aguas. Ahí queda eso. 

Lo anterior viene a cuento porque desde hace tiempo percibo cierta distancia con la realidad en los proyectos que se presentan en el aula. No me refiero a falta de realismo (caros, imposibles de construir, utópicos…), sino de realidad (incoherentes, incomprensibles, incompletos, ilógicos…). En vez de proyectos nacidos de un proceso intelectual y material, parecen haber surgido del avistamiento de una imagen resultona (quién sabe si encontrada al azar) o de la ocurrencia de una idea tomada por los pelos y descontextualizada. Como si no hubiera un compromiso real y sentido entre el arquitecto (el estudiante, en este caso) y su proyecto. Se presentan muchas veces como entes abstractos, faltos de experiencia, nacidos sin ninguna raíz, de manera fragmentaria y evanescente, como salidos de una supuesta idea vaga e inaprensible; como algo que alguien te cuenta que ha escuchado de otro que le dijo no sé qué, etc… Parecen proyectados de oídas. 

Las cosas que se cuentan de oídas no tienen gracia: no es lo mismo contar algo que te ha pasado a ti que algo que le pasó a tu prima segunda de Parla. Tampoco puede uno dar muchas razones de lo que cuenta de oídas: si te piden aclaraciones o motivaciones probablemente no las tendrás a mano, y la anécdota quedará inexplicable. Por otra parte, la viveza de los detalles, el colorido de la experiencia quedará desdibujado en una narración de oídas: tendremos una explicación sumaria (por falta de detalle) o artificiosa (por exceso de ellos), pero nos faltará una argumentación clara y jerarquizada. Es verdad que uno podría contar una anécdota con detalle aunque no hubiera estado allí, pero eso requiere el acceso a fuentes verídicas y un estudio detallado de las circunstancias. Este es el caso de los buenos biógrafos: los que no hablan de oídas. 

¿Cómo podemos hacer que nuestros proyectos sean sólidos y coherentes? ¿Cómo podemos evitar que nuestros proyectos sean de oídas? Lo explica muy bien Guy de Maupassant en el prólogo a su novela Pierre et Jean:

El talento es una prolongada paciencia.

De lo que se trata es de mirar todo cuanto queramos expresar durante el tiempo suficiente y con atención suficiente para descubrir en ello un aspecto que nadie haya ni visto ni oído. En todo hay partes sin explotar, porque estamos acostumbrados a no usar la vista sino recordando lo que otros pensaron antes que nosotros acerca de lo que estamos contemplando. En la mínima cosa hay una porción pequeña de lo desconocido. Demos con ella. Para describir un fuego que arde y un árbol en una llanura, quedémonos frente a ese fuego y a ese árbol hasta que, para nosotros, no se parezcan ya a ningún otro árbol ni a ningún otro fuego. 

Así es como llegamos a ser originales. (pp. 26-27)

Aunque Maupassant habla de aprender a escribir, nosotros lo podemos aplicar al aprendizaje de proyectos. Es muy interesante que diga “estamos acostumbrados a no usar la vista sino recordando lo que otros pensaron antes que nosotros acerca de lo que estamos contemplando”. Eso sería escribir de oídas, contar cosas sin convicción, con fórmulas manidas y de manual, sin haber entendido realmente su peso, su forma, su potencia.

He puesto al inicio del artículo una imagen de Le Corbusier a sus 23 años, apoyado en un capitel, contemplando la Acrópolis de Atenas. La foto es preciosa y nos hace entender la mirada atenta y lenta que Le Corbusier pasea sobre las ruinas que le rodean, intentando empaparse de lo que ve, experimentar lo que le rodea, y captar su misterio. 

Esa mirada se complementa con una cantidad innumerable de dibujos, bocetos, anotaciones de medidas, reflexiones, de los que dan buena cuenta sus cuadernos de viaje. Incluyo aquí unos cuantos dibujos explorando los juegos de luz y color en el Partenón. Son dibujos rápidos, audaces, creativos, que demuestran su mirada aguda de pintor (por ejemplo, en el Diario del Viaje a Oriente, yo he contado treinta y siete colores distintos que usa para describir el cielo). 

Emociona ver cómo años después (muchos años después), Le Corbusier usará y reelaborará apuntes de su Viaje a Oriente en sus proyectos para la Capilla de Ronchamp y para el Convento de la Tourette (ambos más de cuarenta años después). 

Esto es lo contrario a proyectar de oídas. Y la fórmula es muy sencilla. Proyectar con profundidad, con conocimiento de causa, podría reducirse a una fórmula muy sencilla:

E3 = Experiencia x Estudio x Ejercicio

Tener una Experiencia directa de la arquitectura; asimilarla a través del Estudio, y desarrollarla mediante el Ejercicio. Iremos explorando cada uno de estos aspectos del aprendizaje de la arquitectura en las próximas entradas del blog. Por ahora, pensad en la belleza de lo que escribe Le Corbusier en sus últimos días en Atenas en Septiembre de 1911: Escribo con unos ojos que han visto la Acrópolis y partiré contento. Viendo el desarrollo posterior de la arquitectura de Le Corbusier, lo que debía a la experiencia directa de ese Viaje y a la digestión que haría de él, no nos cabe dudar de que Le Corbusier no proyectaba de oídas. 

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01 – 02 – 03 – Le Corbusier: Bocetos de lápiz, gouache y acuarela del Partenón. Atenas, Septiembre 1911. 

Imágenes de los Carnets del Viaje a Oriente de Le Corbusier (1911).

Bocetos a lápiz del Pretorio y del Canopo de la Villa Adriana, Octubre 1911.

Imágenes de las torres de la Capilla de Ronchamp (años 50), junto con un boceto del Pretorio de Villa Adriana (1911).

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