¿EDIFICABILIDAD DE DERECHAS Y EDIFICABILIDAD DE IZQUIERDAS?

Nos hace llegar  Luis Rodríguez-Avial  este sensato y conciliador post.

La edificabilidad es la cantidad de m2e de edificación que el planeamiento considera adecuados sobre un determinado ámbito territorial. Se define por el coeficiente m2e/m2s (edificado / superficie). Es un parámetro urbanístico sin ideología, pero el planeamiento urbanístico sí la tiene. Los coeficientes de edificabilidad son diferentes si mandan “las derechas” o si mandan “las izquierdas”.

Los m2e resultarán ocupados por personas que viven o trabajan en el ámbito de desarrollo, y en menor medida, por otros que desarrollan en ellos el resto de posibles actividades urbanas. Así que el parámetro de la edificabilidad tendrá una directa traducción en el número de personas que operan en dicho ámbito, y para cuantificarlas se utiliza el parámetro de la densidad en habitantes por hectárea (hab/ha). Esos habitantes también tienen ideología, como los partidos que gobiernan. Por ello decimos que el planeamiento urbanístico tiene ideología y una de sus derivadas, la edificabilidad, también la tiene.

Se puede así analizar el tipo de planeamiento urbanístico que preconizan las derechas y las izquierdas a través de su traducción en edificabilidades concretas.

El planeamiento urbanístico moderno elaborado en España desde que somos una sociedad democrática se ha concretado urbanísticamente en dos claras opciones definidas en el planeamiento general:

  • Abordar el presente de la ciudad para obtener una mejora en la calidad de vida de sus ciudadanos. Podemos denominarlo un Proyecto para el Presente.
  • O plantear el deseable desarrollo de la ciudad, al que podemos denominar un Proyecto de Futuro.

El primero busca la mejora de la ciudad actual en todos los órdenes y si prevé algunas actuaciones de desarrollo será para rellenar “agujeros” o completar bordes de aquella, siempre que coadyuven a dicho objetivo. El segundo persigue también la mejora de la ciudad actual en todos los órdenes, pero pensando al mismo tiempo en su desarrollo urbano, tanto a medio como a largo plazo. La experiencia demuestra que, en las sociedades avanzadas, las ciudades de mayor importancia han de prever, con mucha antelación, los elementos estructurantes de aquel.

En la década de los ochenta y primeros años de los noventa en bastantes ciudades importantes españolas, los primeros ayuntamientos democráticos redactaron y aprobaron nuevos Planes Generales optando, con mayor o menor intensidad por el primer tipo de proyecto, en tanto que el segundo fue una elección minoritaria. Y, no por casualidad, aquellos estuvieron regidos por “las izquierdas”, y estos por “las derechas”.

Cabe plantearse una nueva pregunta: ¿cuál es el objetivo de planeamiento al que deberían responder las propuestas de edificabilidad en los nuevos desarrollos?

En los años 80 y parte de los 90 del pasado siglo se identificaba, por las izquierdas, a la edificabilidad como el causante de la especulación del suelo y de los grandes incrementos de su valor, y por tanto también del precio de la vivienda, si superaba el coeficiente bruto de 0,50 m2e/m2s, hasta el punto de que quien proponía cuantías mayores era automáticamente anatematizado. Pero la verdad es que aquella cifra no se justificaba desde una comprobación de su bondad en relación con el producto urbano resultante, y si este ofrecía, o no, una buena calidad urbana. La realidad que se iba obteniendo en actuaciones con edificabilidades brutas de 0,40 o 0,50 m2e/m2s, como por ejemplo en los PAUs de Madrid, era que los nuevos desarrollos una vez concluidos se encontraban lejos de presentar una adecuada calidad de vida social y urbana. Les faltaba “masa crítica urbanística”, carecían de suficientes habitantes para que aquella se alcanzara; su densidad era demasiado baja y por tanto también la edificabilidad planteada desde su origen.

En el momento actual se considera prioritario que la creación de ciudad ofrezca esa calidad indispensable de vida social y urbana, que requiere un incremento notable de la “masa crítica urbanística” que producen las edificabilidades de 0,5 m2c/m2s, o menores. Hoy se considera como idónea una edificabilidad bruta, para nuevos desarrollos con predominio, en el uso residencial, de la vivienda colectiva, en el entorno de 1,0 m2e/m2s. No sería ni de derechas ni de izquierdas, sino la adecuada a lo que demanda la sociedad.

Por otra parte, los urbanistas ya nos habíamos percatado, desde los años setenta, de otro factor responsable de la escasa calidad con que veníamos construyendo o desarrollando nuestras ciudades, el grave error cometido, a partir del comienzo de los cincuenta, al aplicar uno de los principios de la Ciudad Funcional de Le Corbusier, nacida en el marco del Movimiento Moderno: el de la distribución de los usos mediante su segregación espacial (el zoning). Había llegado la hora de que los nuevos desarrollos se plantearan con una mezcla equilibrada de usos, actividades y funciones urbanas, lo que en el argot urbanístico denominamos la característica de “centralidad”. En definitiva, favorecer la proximidad entre los usos frente a la segregación que demanda un incremento continuo de la movilidad, muy cara y contaminante, en dirección contraria a lo que hoy pide nuestra ecológica sociedad.

Así se entiende la aparición en escena del llamado Urbanismo táctico o alternativo (caracterizado por la facilidad y rapidez de ejecución, la posible reversibilidad, bajo coste e implicación de la comunidad), en el que hoy se incluye, con frecuencia, el concepto de la “ciudad de los quince minutos”. Pretende ésta, en esencia, que una gran parte de la vida diaria de los ciudadanos se pueda desarrollar mediante trayectos a pie que, con ida y vuelta, no duren más allá de quince o veinte minutos, tiempo máximo que las personas están dispuestas a caminar para satisfacer sus demandas vitales diarias. Plantear soluciones de este tipo es interesante y relativamente posible en nuevos desarrollos, siempre que sus ordenaciones ofrezcan características de “centralidad”, y además se respeten las siguientes condiciones:

  • Que las propuestas evidencien la búsqueda de conseguir un marco de calidad para la vida social y urbana.
  • Que se mantenga el principio de la mezcla equilibrada de usos frente a las cambiantes evoluciones de los mercados de la vivienda y de las oficinas.
  • Que se obtenga el consenso de la población y no se impongan medidas concretas que coartarían la libertad de las personas en su movilidad por la ciudad.

En la ciudad consolidada (la ya existente) es mucho más difícil proponer este tipo de soluciones. No obstante, van surgiendo algunas que podrían ser interesantes y viables en alguna medida; por ejemplo, propuestas que intentan reordenar las manzanas existentes agrupándolas en supermanzanas, reconfigurando al mismo tiempo la ordenación del tráfico, interior y perimetral, y ofrecer también una cierta recuperación de usos imprescindibles en pro de facilitar la vida diaria de los residentes. En este tipo de supuestos la anterior condición tercera debería reforzarse con la exigencia de que las citadas medidas nunca fueran coercitivas (barreras físicas o administrativas) a fin de evitar la aparición de auténticos “guetos” en una sociedad democrática como la nuestra.

La edificabilidad buena no es de derechas ni de izquierdas, es la que junta el suficiente número de habitantes como para generar vida sana, optimizando los recursos comunes de la ciudad simplificando la movilidad y mejorando la calidad de vida de sus ciudadanos.

Autor del post: Luis Rodríguez-Avial

Te recomendamos esta estupenda entrevista que Felipe Samarán realiza a Luis Rodríguez-Avial. 

 

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Equipo editor de Escuela de Arquitectura

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