Miguel Ángel Montero

“Mamá, yo de mayor, arquitecto” (2006)

Miguel Ángel Montero nos hace llegar esta interesante y emocionante reflexión.

 …

¿Cómo puede un niño de apenas cuatro años saber que quiere ser arquitecto?

Durante mucho tiempo pensé que aquella frase era una ocurrencia infantil. Hoy creo que, en realidad, fue la primera vez que encontré un propósito.

Mi forma de entender el mundo nunca encajó del todo con el sistema educativo. Mi hermana mayor, Victoria, lo llamaba creatividad. El colegio hablaba de bajo rendimiento. El médico le puso un nombre: trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH).

Cuando eres niño y todavía estás construyendo tu identidad, resulta fácil creer que hay algo mal en ti cuando todo parece señalar en la misma dirección. Sin embargo, hubo un lugar donde nunca tuve que demostrar quién era: mi hogar.

Con el tiempo comprendí que mi fuerza no nacía solo de mí, sino también del apoyo de mi familia. Como decía Confucio, «la fuerza de una nación deriva de la integridad de su hogar».

Y entonces lo entendí.

Quería construir ese sentimiento.

Durante la infancia, nuestros sueños suelen estar ligados a ideales heroicos. Queremos salvar personas, protegerlas o cambiar el mundo. Más que elegir una profesión, elegimos la persona que queremos llegar a ser. Quizá por eso decidí estudiar arquitectura: porque quería que otras personas sintieran, al cruzar una puerta, la misma paz y seguridad que yo encontraba al llegar a casa.

Mientras muchos aprendían a pensar dentro de la caja, yo siempre estaba fuera de ella, mirando las estrellas.

Algunos profesores también fueron decisivos en mi camino. Entendían que educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino en hacerlo de corazón a corazón. Y descubrí que las lecciones que realmente permanecen rara vez están escritas en un libro. Nacían de una conversación, de una mirada o de un gesto que, probablemente, aquel profesor nunca supo que cambiaría una vida.

Gracias a ese apoyo seguí creyendo en un sueño que, para muchos, parecía poco realista. Ser arquitecto.

Recuerdo perfectamente la entrevista de acceso a la universidad. Al terminar, una frase quedó grabada para siempre:

«No sabemos si admitirte porque no podemos llevar a un alumno en chanclas a la montaña.»

La realidad es que ojalá hubiera ido en chanclas. Iba descalzo.

Bastó una decisión para cambiar el rumbo de mi vida. Aquel día comprendí que el esfuerzo y el talento son imprescindibles; pero que, en ocasiones, el futuro depende de que alguien decida darte una oportunidad.

Y esa oportunidad llegó.

El primer día de universidad, el director pronunció una frase que terminó de redefinir mi forma de entender la educación:

«Me da igual quiénes habéis sido; me importa quiénes queréis ser a partir de ahora.»

Aquellas palabras me enseñaron que empezar de nuevo no significa borrar el pasado. Significa abrazarlo. Porque incluso las heridas, los errores y las inseguridades forman parte de la persona que somos y de aquella en la que podemos convertirnos.

La universidad transformó mi manera de mirar el mundo. No solo me enseñó a proyectar espacios; me ayudó a proyectarme a mí mismo. Las chanclas dejaron de ser un motivo de duda para convertirse en un símbolo de perseverancia.

Hoy sé que mi camino va mucho más allá del diseño de espacios.

Quiero dedicar mi vida a comprender cómo la arquitectura influye en nuestras emociones, nuestro comportamiento y nuestro bienestar. Investigar cómo los espacios pueden reducir el miedo, favorecer el aprendizaje, mejorar la salud mental o hacer que una persona vuelva a sentirse segura.

Terminaré con Cervantes y su Don Quijote que desde su mente soñadora y por momentos lúcida decía: “Como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles. Confía en el tiempo que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”.

 

Autor: Miguel Ángel Montero

 

Miguel Ángel Montero es estudiante de Arquitectura de la UFV, en PFC actualmente.

Hizo bachillerato en el IES Carlos Bousoño y comenzó Arquitectura en la UFV en 2021.

Es el pequeño de tres hermanos. Ha trabajado en prácticas en el estudio de Aybar Mateos.

 

Miguel Ángel Montero


                            
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One Comment

  1. Santiago Laso Reply

    Gracias, Miguel, por compartir esta historia y reflexión tan bonitas.
    Como bien dices, sea descalzo o con chanclas, creo que una de las cosas más importantes que nos recuerda tu historia es que, más allá del calzado, importa quién nos acompaña en el camino. Me gusta cómo transformas el concepto de «hogar», trascendiendo el espacio físico de partida para convertirlo en algo más: un impulso y un propósito, el de querer construir para los demás aquello que alguien construyó para ti.
    Pero quería añadir algo más. Porque, además de tener una vocación, gente que te acompañe y ese «hogar», también hay que atreverse a dar el paso. Y ahí está el mérito, en haberlo hecho. Porque, a veces, quien espera al disparo perfecto, morirá con el cargador completo.
    No puedo estar más orgulloso de verte crecer, de conseguir aquello que te propones y de haberme permitido compartir parte ese camino contigo.

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