Las escaleras de aquel colegio, demasiado anchas para su función, fueron también grada, lugar de lectura y pista de juegos.
Su desaparición recuerda que la arquitectura acoge usos que ningún programa anticipa. Algunos surgen por accidente; otros, como en el taller de Ishigami, nacen de decisiones precisas.
Proyectar consiste en responder a necesidades concretas sin agotar las posibilidades de un lugar. Exige responsabilidad y generosidad: preparar espacios para una vida que no pertenece a quienes los proyectan, dejando que sus habitantes encuentren maneras de ocuparlos que sus autores no imaginaban cuando empezaron a proyectarlos.
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KAIT Workshop. Junya Ishigami. Fotografía de Rasmus Hjortshøj
Las escaleras que bajaban al patio de mi colegio eran demasiado anchas. Bastante más de lo que hacía falta para que bajáramos todos a la vez al recreo, que supongo que es lo que tenía en la cabeza quien las dibujó. Y precisamente por eso acabaron sirviendo para casi todo. Eran la grada desde la que veíamos lo que pasaba en el patio y el sitio donde sentarse a leer al sol. Eran también la pista de las competiciones de salto (a ver quién se atrevía con más escalones) y el castigo de los entrenamientos, subiéndolas corriendo una y otra vez hasta que no podíamos más.
Creo que todos tenemos alguna escalera así. Y una mesa del comedor que se llenaba de libros en época de exámenes y en la que durante semanas nadie comía, un alféizar donde alguien acabó sentándose, el suelo de un dormitorio que resultó ser el mejor sitio para jugar. Los espacios acogen maneras de estar que no figuraban entre las razones por las que se construyeron, como si la arquitectura se resistiera a quedarse en lo que se le pidió.
Lo que no estaba en el programa
Llamamos programa al conjunto de necesidades y actividades que debe atender un edificio. Cuando empezamos a proyectar una vivienda, una escuela o una biblioteca, intentamos entender qué va a ocurrir dentro: qué dimensiones hacen falta, cómo se relacionan unos espacios con otros, qué necesitan quienes van a vivir allí. Una cama y un armario, y la habitación se llama dormitorio; una mesa y unas sillas, comedor. Buena parte de nuestro trabajo consiste en imaginar una realidad que todavía no existe y construir los lugares donde podrá desarrollarse, sabiendo, o debiendo saber, que lo que podemos anticipar de la vida es siempre una parte de lo que acabará sucediendo.
Lo curioso de la escalera del patio es que nada de lo que hicimos allí ocurrió al margen de la arquitectura. Ocurrió por la anchura de los peldaños, por el sol que les daba y por el sitio donde estaban, entre el colegio y el patio. Lo imprevisto no siempre aparece cuando el arquitecto deja de decidir. A veces aparece gracias a la forma concreta que ha dado a las cosas; aunque, como en mi colegio, nadie lo hubiera buscado.
Calibrar un bosque
Hay arquitectos que sí lo buscan. Junya Ishigami construyó un taller para los estudiantes del Instituto Tecnológico de Kanagawa que es una gran sala sin divisiones interiores, atravesada por 305 pilares de acero blanco, finísimos, de distintas dimensiones y orientaciones. Parece un bosque de árboles que crecen sin ningún orden. Sin embargo, Ishigami pasó tres años y cerca de mil maquetas calibrando la posición y la forma de cada pilar, hasta conseguir distintas densidades: pequeños rincones de trabajo, claros más abiertos donde reunirse, pasos por los que la gente se cruza. Se ocupó de crear las condiciones para que los estudiantes encontraran sus propias maneras de ocuparlo.
En mi escalera, la posibilidad apareció por accidente. En el taller de Ishigami formaba parte del proyecto, y eso exige un oficio enorme: decidir con muchísima precisión dónde intervenir y después, que es quizá lo más difícil, saber quitarse de en medio.
Solemos valorar una buena respuesta arquitectónica por su adecuación a la función para la que fue concebida. Y es razonable: una cocina debe permitir cocinar cómodamente y un taller debe ofrecer las condiciones necesarias para trabajar. Pero una obra puede responder a todo eso sin agotar las posibilidades que contiene.
Tampoco se trata de construir espacios que sirvan indistintamente para cualquier cosa. Un lugar indiferente a lo que sucede en él puede resultar tan limitado como otro que determina cada movimiento de sus habitantes. La arquitectura necesita establecer distancias, construir límites, disponer la luz, ofrecer sitios donde apoyarse, sentarse o permanecer. Lo interesante es que esas mismas decisiones pueden hacer posibles situaciones que no habíamos imaginado. Quizá esta sea una de las condiciones más hermosas de nuestro oficio: trabajamos con una materia concreta y limitada, con dimensiones, materiales y formas que podemos determinar con precisión, y las relaciones que las personas establecen con ella van mucho más allá de lo que nosotros habíamos previsto.
Proyectar tiene, por eso, algo de apuesta. Damos una respuesta concreta a una realidad que nunca conoceremos por completo. Y esto no nos libera de responsabilidad sobre lo que suceda en nuestros edificios (los arquitectos, yo el primero, tendemos a creer que controlamos más de lo que controlamos). Al contrario, nos exige prestar atención a las posibilidades que cada decisión abre o impide, aun sabiendo que no podremos anticiparlas todas. Hay en ello una forma de generosidad: preparar con cuidado un lugar para una vida que no nos pertenece.
Cuando dibujamos una planta, escribimos dentro de cada habitación su nombre para indicar lo que esperamos que suceda allí: dormitorio, cocina, salón, biblioteca, aula. Son palabras necesarias (la normativa las exige), nos ayudan a entender y ordenar el edificio. Pero ninguna alcanza a describir todo lo que ocurrirá en esos lugares.
Un patio más alto
Con los años, el colegio se reformó. Construyeron un polideportivo y un aparcamiento, y para hacerlo hubo que subir el nivel de todo el patio. Las escaleras ya no existen, porque no queda ningún desnivel que salvar. Supongo que el programa de aquella reforma estaba clarísimo: tantas plazas de aparcamiento, una pista de tantos metros, unos vestuarios. Lo que probablemente no aparecía en ninguna lista era la grada, el sol de las mañanas o las competiciones de salto. Nadie las había apuntado nunca, así que nadie pudo echarlas de menos en un papel.
Yo sí las echo de menos, aunque imagino que los alumnos de ahora habrán encontrado otro lugar donde sentarse al sol. Siempre lo encuentran, si la arquitectura les deja.

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