¿HACIA LA EXCELENCIA EN LAS AULAS UNIVERSITARIAS?

Si tuviera que valorar la actual docencia universitaria, tendría que alabar los grandísimos avances que en algunas materias se han producido desde que yo era estudiante, especialmente en las que hace referencia a las herramientas de las que disponen los alumnos y que jamás pudimos imaginarnos en nuestra época. Los apuntes ya no se toman a mano, sino a ordenador y directamente en el aula; las clases pueden seguirse en remoto cuando las circunstancias son adversas; las bibliotecas ofrecen a alumnos y profesores gran cantidad de fondos digitalizados que pueden consultarse desde casa y, en general, internet nos provee de multitud de información.

Chema Madoz.

Por otro lado, creo que el nuevo mundo universitario actual está sufriendo una degradación en sus objetivos y en sus “maneras”. Como docente no puedo evitar tener el convencimiento de que nuestros alumnos se están perdiendo muchas cosas. En lo que a los objetivos se refiere, les estamos abocando a una especialización y tecnificación que limita considerablemente su horizonte y, consecuentemente, sus oportunidades. En lo que a las “maneras” hace referencia -y donde quiero centrarme de manera especial- no puedo discrepar más de la tan manida y reiterada expresión de que nuestros alumnos son la “generación mejor preparada”. Creo que son la generación que cuenta con más medios y oportunidades a su alcance para ser los mejores, sin embargo, sus conocimientos son cada vez más limitados y, nosotros, no somos capaces de sacarles todo su potencial ni enseñarles a obtenerlo de los medios que tienen a su alcance.

Y en todo este proceso, nuestros alumnos son tanto víctimas como verdugos. Víctimas porque son los primeros en padecerlo y pagar las consecuencias; verdugos porque hay una autocomplacencia o resignación a aceptar que lo que debería ocurrir no ocurre, porque no nos exigen a los docentes que lo hagamos posible. El camino fácil se ha instalado y ni nos reclaman que se lo pongamos difícil, ni se fían de sus “maestros” cuando estos les indican el recorrido que deberían seguir.

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Me referiré simplemente a una de esas carencias o límites impuestos: la falta de amor por la lectura. Nuestros alumnos mayoritariamente NO LEEN. No hablo de tratados, libros técnicos o de especialidades. No. No se lee ni novela, ni los socorridos best-sellers; no se lee ni el periódico. Leer aburre porque es “largo”, tedioso, ajeno a su realidad de información rápida de videos de 3 minutos con imágenes llenas de color y puesta a velocidad máxima; porque la lectura es ajena a los textos cortos y concisos de twitter, o a lo impactante y resumido de una foto de instagram que -además- les permite decir cuánto les gusta o -lo que es peor- esperar la aprobación de los demás.

Esos ratos de poder “viajar”, de meterse en la piel de un personaje, conocer otras épocas, ya han pasado de moda. No interesan. La reflexión que ofrece un libro a través de una argumentación estructurada, la diversidad de opiniones y criterios entre autores, la información especializada de los investigadores, las aportaciones últimas conseguidas por la ciencia, les son ajenas. Mejor contárselo rápido y en unas líneas: la receta. El sentido crítico que puede aportar la lectura no tiene valor y es lo que deberían estar pidiéndonos a gritos que les diéramos. Un profesional sin capacidad de análisis, de sopesar distintas soluciones antes de tomar una decisión, no es un “buen” profesional. La información “sin más” o “per se” carece de valor.

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Pero como indicaba más arriba lo peor es la complicidad general del estudiante con todo esto, la satisfacción de reducir al máximo sus posibilidades, su esfuerzo, la exigencia en mejorar y auto superarse. ¿Quién se conformaría con un producto de segunda mano vendido como si fuera a estrenar? Pues eso precisamente es lo que nuestros estudiantes admiten y -hasta en ocasiones-, exigen: que no les pidamos “más”, que les hagamos el recorrido fácil. Hay una resistencia innata a confiar y dejarse en las manos de quien puede y debe guiarles, de quien ha de sacar lo mejor de ellos y debe velar por que lleguen al máximo de sus capacidades.

En el mundo de la docencia actual  hay una doble deuda moral: la de quien se autolimita, quien se conforma con lo “suficiente” y no con lo “sobresaliente”; y de quien acepta que la sociedad actual -por el simple hecho de disponer de herramientas más novedosas y avanzadas- conforma individuos -en teoría- también avanzados olvidando que lo moderno no tiene nada que ver con la excelencia.

portada: Chema Madoz.
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