Solo tengo que no pensar en mí para escribir un libro

Jesús Montiel. El amén de los árboles

Empezamos un nuevo proyecto ilusionados. Queremos marcar la diferencia, hacer algo inolvidable. Quizás ganar algún premio, enriquecer nuestro portfolio (siempre escuálido, siempre necesitado) o disfrutar de las alabanzas de un cliente (o profesor) satisfecho. En el mejor de los casos queremos investigar, descubrir nuestro camino, aprender a ser mejores arquitectos. Ay. Qué superficiales (yo el primero). Qué rápido que perdemos de vista lo importante. Qué poca memoria. Qué en el centro de todo nos ponemos.

Como un artista o un poeta, el arquitecto ofrece una mirada nueva que enriquece el mundo. Justo por ello ha de mirar primero con ojos limpios de sí mismo. Debe contemplar un lugar y una necesidad. Contemplar implica calma, silencio, paciencia y también trabajo: no es nada fácil. Exige el olvido propio para poder ver sin trabas, sin a través de uno mismo, y eso duele a veces. Pero creedme: no hay nada más sano. 

En cualquier caso siempre es mejor hablar de arquitectura con arquitectura.

Construir un audífono

En 1979, unos jóvenes Herzog & de Meuron se presentaron con éxito al concurso para la remodelación de la Marktplatz de Basilea, centro neurálgico de la ciudad. En el que apenas era su tercer trabajo como estudio, afrontaron el concurso desde un análisis profundo de la constitución de la ciudad y de sus características topográficas. En el curso de su investigación descubrieron la importancia del río Birsig en la formación de la ciudad, que históricamente había proporcionado desde transporte o energía hasta un desahogo para las aguas residuales. La ciudad se había ido acoplando al curso del río. Sin embargo, a finales del siglo XIX y principios del XX, el panorama para el río Birsig cambió. El desarrollo acelerado de la ciudad, y especialmente de ese centro histórico, fue más potente que la condición topográfica y productiva del río, y un gran tramo de éste fue cubierto. La ciudad pasó por encima y el río Birsig, tan importante durante siglos, fue condenado a la oscuridad de los subterráneos de la ciudad de Basilea.

Ese descubrimiento lo cambió todo para Herzog & de Meuron. Su proyecto se basó entonces en la recuperación de la presencia del río subterráneo para la ciudad de Basilea. Su primera propuesta, ganadora del concurso, consistía en una serie de fuentes a lo largo del cauce escondido que afloraban en la ciudad, haciendo visibles las aguas secretas. El proyecto sufrió, a lo largo del tiempo, diversas modificaciones condicionadas por la escala de las intervenciones y el ajuste a los medios disponibles. La mejor, la última, es la menor, la más condicionada. Aquella en la que no queda apenas lugar para el arquitecto.

El diseño de 1985, el final, es emocionante en su precisión quirúrgica y en su economía de medios, pero también en la persistencia de su ambición primera. Se renuncia a la visión del cauce oculto, salvaguardando su oscuridad. Pero no se renuncia a su presencia, en este caso sonora. Una estrecha rejilla, en forma de hoja, se inserta en una de las rosetas del siglo XIX que forman el pavimento de la plaza. Esta hoja, que nace del centro del dibujo, comunica la superficie de la plaza con el cauce subterráneo del Birsig. Por medio de un mecanismo de túneles de cerámica curvos, y como si de un oído se tratase, el rumor del río subterráneo se amplifica y llega hasta la superficie, impregnando el mundo luminoso del sonido del oscuro, que grita contra el olvido de una ciudad que lo ha enterrado. La arquitectura construye una máquina de oír, un oído artificial a escala urbana que hace presente lo oculto y que convierte la plaza del Mercado de Basilea en una enorme y sutil caja de música. 

A favor del viento

Creo que habría que tener siempre presente la oreja-hoja-ojo de Marktplatz al proyectar. El recuerdo de la necesidad de una mirada limpia capaz de hacer presente el misterio de lo real y compartirlo. Como si de un barco se tratase, apenas tenemos que navegar a favor del viento (algo mucho más complicado de lo que parece escrito aquí). En el camino de renuncia que supone dejarse guiar por esa mirada, propia y ajena a la vez, descubriremos nuestros intereses, veremos nuestra mano reflejada, investigaremos, engordaremos nuestro portfolio, dejaremos a clientes satisfechos, alimentaremos nuestras inquietudes y, sobre todo, nos sorprenderemos. Del resultado, del proceso, del mundo.

He empezado citando a Jesús Montiel, uno de esos poetas que el mundo necesita leer. Me gustaría acabar también con él.

Hay que salir de la zona templada para ser devorado por la vida. Servir a los demás y no servirse. Porque el arte es servicio. El artista, sostuvo Tarkovsky, es un vasallo. No se puede sentir orgulloso de nada porque no es suyo lo que escribe, lo que pinta, lo que esculpe o filma. Cuando uno se quita de en medio y renuncia a la ambición, batalla contra el demonio destructor del ego, empieza la obra capaz de reblandecer el alma, se logra la comunicación y el receptor, el que está al otro lado de la obra, se ve enfrentado a una belleza sin nombre.

(En The Objective)

Pablo Ramos Alderete. Arquitecto por la ETSAM con Matrícula de Honor en 2011 y Premio Alejandro de la Sota al mejor PFC. Máster en Proyectos Arquitectónicos Avanzados en la ETSAM (2011-2012). Ha impartido clases de Proyectos y de Máster en la ETSAM (2012-2016). Desde 2013 es profesor de Proyectos Arquitectónicos en la Universidad Francisco de Vitoria. Miembro del grupo de investigación "Cultura del Hábitat" y doctorando por la ETSAM. Ha participado como profesor en diferentes workshops internacionales y ha impartido conferencias en diversas universidades europeas. Actualmente compagina su labor investigadora y docente con la práctica profesional de la arquitectura, que le ha llevado a obtener premios en concursos nacionales e internacionales.

2 Comments

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *