LA BUENA ARQUITECTURA

Cada año, empezamos el primer curso del grado en Arquitectura tratando de explicar a los nuevos alumnos por qué una determinada obra de arquitectura puede ser un referente. Para un profesor, este trabajo es algo parecido a dirigir un intenso y largo ritual de iniciación. El bautismo en el mundo de la arquitectura no es sencillo porque el imaginario de referencias de casi todos los alumnos que ingresan, que corresponde con el de la sociedad en general, no tiene en consideración lo que el colectivo de arquitectos, de manera más o menos consensuada, consideramos como una obra maestra, un referente fundamental, un edificio paradigmático, Arquitectura con mayúsculas o como quieran llamarlo. Hernández Correa afronta este debate en dos interesantes posts que aconsejo para su lectura: Buenos días lo primero (19/04/2022) y Complejidad y sencillez (30/05/2022).

Sin embargo, yo me voy a detener en otro aspecto de este tema no menos problemático. Si bien el hecho de ser capaz de reconocer que un edificio es un referente de la arquitectura requiere de un importante adiestramiento -que dura varios años-, ¿qué sucede con el resto de los edificios? ¿no son arquitectura? ¿no son “buena arquitectura”? ¿son “mala arquitectura”?

Vayamos por partes. Lo primero, analicemos qué queremos decir por buena arquitectura. Anteriormente, he equiparado la buena arquitectura con el edificio paradigmático, es decir, aquella construcción que por su diseño y por su forma de encarnar unas ideas sirve de referencia para explicar (1) un determinado momento de la historia, (2) para identificar un movimiento arquitectónico en particular o (3) para expresar un manifiesto que, de alguna forma, ha cambiado el devenir estético -e ideológico-. La asociación del término “bueno” no hace referencia a la adecuación con un bien particular o universal, sino a una creencia consensuada por los arquitectos y contrastada con historiadores, críticos y otros estudiosos cercanos. Lo bueno es, por lo tanto, una puesta en valor de aquello que: (1) ha permanecido en pie con más o menos entereza y reconocemos en su antigüedad -en la firmitas- un valor adicional; (2) su diseño -aunque no se haya construido- plantea una solución audaz desde un punto de vista estético y constructivo; (3) haya sido realizado por un maestro de la arquitectura -aquí se podría hablar del Star-system y de la arquitectura del espectáculo;  pero, no se pretende que los tiros vayan por aquí -, del cual, generalment,e no se duda de su valía para cualquier tipo de obra que salga de su cabeza. Es decir, que la “buena arquitectura” es una creencia -en el sentido de Julián Marías[1]- que se origina en un reconocimiento comunitario -en el sentido de Paul Ricoeur[2]- de una práctica edificatoria o urbana. Si bien todas estas aseveraciones pueden ser objeto de matizaciones, sirven de techo común para disponer de un ámbito definido y claro sobre lo que se pretende discutir en esta reflexión.

Hasta aquí todos los arquitectos podemos estar más o menos de acuerdo. Todo arquitecto que se precie tiene en su imaginario la casa Farnsworth, la casa Kaufmann o la villa Savoye como referentes de ese sistema de creencias del que hablamos, y al que hemos llamado buena arquitectura, independientemente de lo que podamos opinar al realizar un análisis más profundo sobre la privacidad de la vivienda, la incansable presencia sonora de la naturaleza o los metros cuadrados de goteras que tenga la machine à habiter.

Pero entonces, ¿qué pasa con mi casa? ¿y la casa del vecino? ¿y la casa del de enfrente? ¿qué pasa con el 99,99% de las casas? ¿son “mala arquitectura”?

En efecto, este es el problema de utilizar un término que no integra en su significado las palabras que contiene. Para un iniciado, como un alumno de arquitectura, es razonable -y pernicioso- pensar que lo contrario de la buena arquitectura es la mala arquitectura. De hecho, haciendo una traslación de lo que hemos tratado de definir anteriormente como si de un juego se tratase, podríamos decir que la mala arquitectura: (1) no representa nada para la historia, (2) no identifica ningún movimiento arquitectónico en particular o (3) no expresa absolutamente nada en cuanto al devenir estético e ideológico. Es decir, que la mala arquitectura lo es por: (1) desaparecer sin que nadie la eche en falta; (2) no plantea nada novedoso -o arriesgado- desde el punto de vista estético o constructivo -dejemos las casas con forma de perro a un lado-; (3) han sido realizadas por un arquitecto desconocido o anónimo. Es decir, siguiendo con el juego, que la “mala arquitectura” es la creencia de que la “buena arquitectura” existe y da sentido -por oposición- a la primera.

Lo que viene a continuación sobre la mala arquitectura, aunque sigue inscrito dentro de esta disertación, no es un juego porque ha sido -y sigue siendo- un leitmotiv de las escuelas de arquitectura: “todo estudiante de arquitectura se debe entrenar en el desempeño del diseño de la buena arquitectura”. Sin necesidad de establecer una relación entre la mala arquitectura y la mala praxis -que es indudable que existe-, y siguiendo con las proposiciones anteriores, lo que se deduciría de un arquitecto que hiciera mala arquitectura sería: (1) diseñar algo que no es significativo en el tiempo, (2) no identificarse con ninguna vanguardia o no ser creador de un nuevo movimiento y (3) no expresar nada desde un punto de vista estético o ideológico. Es decir, que la mala arquitectura -el 99,99%- es el resultado de la labor de un mal arquitecto porque: (1) lo que se pretende es hacer algo anodino y vulgar; (2) no se arriesga ni plantea una novedad desde un punto de vista estético y constructivo; (3) se refugia en el anonimato. Pidiendo perdón por este discurso vehemente surgen estas preguntas: ¿de verdad todos los arquitectos pensamos esto? ¿es esto lo que se debería enseñar en las escuelas de arquitectura?

Para ser práctico con las conclusiones, podríamos decir que es correcto pensar que existe la buena arquitectura; pero, esto no implica que el resto de la edificación sea mala o no tenga la consideración de arquitectura. Imagínense viviendo en un mundo cuyas ciudades fueran como unas gigantescas Weißenhofsiedlung, en las que tuviéramos un permanente síndrome de Stendhal ante el inconmensurable aspecto de todos sus edificios, y acabásemos agotados escondidos debajo de un árbol ante tanta belleza. Pero ojo, esto no significa que la buena arquitectura dependa de la existencia de esa “otra cosa” edificada que no acabamos de verbalizar.

¿Y si pensamos en otros términos completamente diferentes a los expuestos? ¿Y si pensamos que TODO es arquitectura y que en algún caso significamos algunos edificios como obras maestras, referentes históricos o paradigmas? ¿Y si la buena arquitectura es otra cosa?

Pensemos en nuestros alumnos y centremos la cuestión con esta propuesta que recientemente ha presentado el Dr. Samarán Saló en su tesis doctoral: “la buena arquitectura pone en el centro a la persona -habitante, usuario, ciudadano, etc.-”. ¿De qué manera esta pregunta compromete a profesores y alumnos con todo lo que hemos hablado anteriormente? Ciertamente de una forma diferente, asequible y mucho más significativa.

(1) La diferencia es que la persona y la arquitectura son inseparables en su origen, indisolubles en su sentido e inevitables en la práctica. No podemos pensar en arquitecturas diseñadas para otra cosa que no sean personas. La arquitectura no se puede separar de las personas, porque lo primero se origina a partir de la necesidad de habitar un lugar por y para alguien. La arquitectura y la persona son indisolubles ya que la primera encuentra todo su sentido cuando la segunda -de forma individual o comunitaria- la habita. La arquitectura es inevitable para la persona y viceversa; el hombre vive en la arquitectura, se rodea de ella y la utiliza para colonizar nuevos lugares.

(2) Desde el punto de vista docente, la arquitectura centrada en la persona ofrece un horizonte más asequible para el alumno porque parte de la propia experiencia de conocerse a sí mismo en relación con los demás. La buena arquitectura propone y dispone espacios para el encuentro personal y comunitario, siendo este el punto clave en el que se pueden integrar diferentes asignaturas desde un punto de vista propedéutico, técnico, humanístico y proyectual.

(3) Desde un punto de vista arquitectónico, pensar en la centralidad en la persona supone supeditar el diseño y la construcción al aprendizaje de la puesta en valor de aspectos intangibles, que, precisamente por su significación, tienen mucha más importancia que lo puramente formal o técnico. En este sentido, hablamos del hecho de construir un hogar, diseñar un lugar de encuentro urbano para todas las edades, idear un espacio docente para crecer en lo intelectual y en lo personal, diseñar lugares para sanar el cuerpo y la mente sin renunciar al acompañamiento, pensar sobre espacios para elevar el espíritu y hacer vibrar el corazón, o vislumbrar los recintos para despedirnos de nuestros seres queridos para siempre.

Entonces, ¿qué sucede con lo paradigmático, con el ser referente, con proponer una novedad, con ser un hito, con plantear un paradigma o con aspirar a ser un gran maestro? Pues que, en realidad, nada de esto tiene que ver con la buena arquitectura. Como arquitectos y profesores, dejemos que nuestro alborotado mundo decida sus referentes[3], y vivamos con la mente limpia y despejada de la tensión de pensar que estamos haciendo buena o mala arquitectura, poniendo nuestro genio en lo que verdaderamente importa. Parece más prudente pensar que la persona, con toda seguridad, es la clave para llevarnos a un buen puerto.

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[1] Marías, J. (1955). La estructura social. Teoría y método. Madrid: Sociedad de Estudios y Publicaciones.
[2] Ricoeur, P. (1998). “Architecture et narrativité”. Urbanisme 303, pp 44-51.
[3] Delgado-Martos, E. (2021). “Nuevas propuestas para el análisis historiográfico de la arquitectura y su docencia a través de Ortega y Marías”. En:  J. Rodríguez Terceño, A.J. Moreno Guerrero, P.F. Novoa Castillo (coord.). Investigaciones multidisciplinares de vanguardia para la academia del siglo XXI. Valencia: Tirant Lo Blanch, pp. 91-104.
Imagen: montaje sobre fotografía de Fan Ho.
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Emilio Delgado Martos (27/05/2019) Emilio Delgado Martos es arquitecto (ETSAM 2001) y doctor en Humanidades (UFV 2017). Es Subdirector de Investigación de la EPS de la UFV. Desde 2006 es profesor en las titulaciones de Arquitectura y Diseño de la UFV, participando a la vez en diferentes grupos de investigación en la UFV. Como profesional dirige desde 2005 Estudio Arquitectura Hago (estudiohago.com) donde ha desarrollado más de 100 proyectos y construido más de 25. Durante los últimos años han realizado conferencias, participado en exposiciones, realizado publicaciones de ámbito internacional y recibido premios y reconocimientos entre los que destaca la nominación para el Mies van der Rohe Award de 2015.

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